Cuando el miedo nos bloquea

“El hombre valiente no es el que no siente miedo, sino aquel que conquista el miedo”. Nelson Mandela

 

El miedo es una de nuestras emociones básicas y, como tal, tiene una función básica para nuestra supervivencia.

Si no tuviéramos miedo a nada, iríamos por la vida en plan “happy”, cruzando aceras sin mirar que no pasen coches; comiendo cualquier cosa que encontráramos por la calle (incluso aunque tuviera muuuy mala pinta…); no haríamos ningún tipo de plan a futuro para nuestra vida; etc. Visto así, las consecuencias de vivir sin miedo alguno, no serían muy positivas que digamos, ¿no es cierto?

La función del miedo es asegurar nuestra supervivencia, asegurar nuestra salud, nuestra integridad física, nuestro futuro.

 

Sin embargo, como toda emoción, hay que vivirla, atenderla y dejarla ir. No es adaptativo quedarnos anclados en ninguna emoción, debemos ir navegando en el mar de nuestras emociones.

El problema del miedo es que cuando no nos desprendemos de él, cuando se nos ancla dentro y permanece en nosotros, nos paraliza completamente. Al paralizarnos, es como si nos quedáramos bloqueados, no nos atrevemos a accionar ni hacia un sentido ni hacia el otro. Nos quedamos inmóviles, en sentido literal y figurado.

 

 

El miedo y la inacción puede afectarnos negativamente a todas nuestras facetas, tanto en el aspecto personal como en el profesional. Por causa del miedo podemos dejar de emprender, de aceptar nuevos proyectos o puestos de trabajo, dejar de viajar… en definitiva, no nos atrevemos a salir de nuestra zona de confort y nos quedamos estancados.

 

Después de muchas sesiones de coaching personal y de talleres de salud emocional para empresas, me he percatado de que, cuando hablamos de miedo, siempre hay un denominador común. Aún habiendo tratado con personas muy distintas, mujeres y hombres, de diferentes estatus sociales, en diferentes circunstancias personales y profesionales, amas de casa, médicos, altas ejecutivas, mamás, papás, policías… Cada una de estas personalidades con sus propias preocupaciones y sus propios miedos, que me han expresado su temor a algo muy concreto que paralizaba su vida, atentaba contra su bienestar y su progreso personal y/o profesional; y aún siendo muy personal, siempre detecto que hay algo en todos estos miedos que es común.

 

En otras palabras, aunque a priori entendamos el miedo como una emoción totalmente subjetiva (lo que provoca pánico en unos, a otros ni les afecta lo más mínimo), al comparar los miedos de unos y otros, el miedo a la pérdida de control acaba percibiéndose en todos esos casos.

 

Cuando hablo de “perder el control”, me refiero al miedo a la incertidumbre, a no controlar qué será de mi vida, a no llevar las riendas de la situación, a que las cosas no dependan de mí sino de otros y, por lo tanto, yo quede expuesto a circunstancias y acontecimientos desconocidos que, quién sabe, podrían ser peores de los que ahora disfruto…

Fíjate que cuando algo es incierto significa que desconocemos qué sucederá, por lo tanto, no tenemos el control de la situación ni de las consecuencias y, eso, nos produce un enorme miedo.

 

 

Esta semana he lanzado una encuesta en mi Instagram Stories en la que os preguntaba qué es a lo que vosotros teméis. En vuestras respuestas, una vez más, he podido vislumbrar el miedo a la pérdida de control.

Te anoto algunos ejemplos de vuestras respuestas y, a continuación, te dejo mi reflexión en la que relaciono cada miedo en particular, con el miedo a la pérdida de control:

 

  • “Miedo a la dependencia”: la relación que veo que existe detrás de este miedo es “si pierdo mi independencia y mi libertad, mi vida dependerá de otros y, consecuentemente, eso me arrebata el control de mi propia vida. Pierdo el control de mi vida, de mis decisiones y de mis actos”.

 

  • Miedo al abandono de mis seres queridos”: miedo a que “me abandonen”, es decir, su miedo se refiere a la falta de control sobre las decisiones de los demás, que podrían tener un gran impacto sobre él/ella. “Si otros deciden abandonarme, yo pierdo el control por cuanto no ha sido una decisión propia, si no del otro”.

 

  • Miedo al dolor: ¿cuántas veces has afirmado “yo no sería capaz de soportar el dolor frente a la muerte de un ser querido”, o “yo no puedo pasar por el sufrimiento de una dolorosa enfermedad”? Sin embargo, cuando la cruda realidad nos impacta de pleno y, por desgracia, nos toca vivir algo duro en nuestra propia piel, somos capaces de soportar eso y más. Porque no nos queda otra, porque sacamos fuerzas de dónde creíamos no tenerlas… La reflexión sería “si sufro, ¿cómo será ese dolor? ¿seré capaz de soportarlo? ¿seré capaz de superarlo? ¿qué será de mi vida en esas circunstancias dolorosas?”. En otras palabras, la incertidumbre de no saber qué es el dolor y a sus posibles consecuencias sobre mi persona, me generan más miedo, incluso que el propio dolor una vez lo estoy sufriendo en primera persona.

 

 

Perder el control de tu vida tal y como la conoces, la incertidumbre de lo que te pueda llegar a suceder, esto es, las posibles consecuencias y, en definitiva, todo lo desconocido para ti, es la causa del verdadero miedo que se esconde detrás de las otra otras cosas a las que creemos temer.

 

Por supuesto, no podemos obviar ni evitar el miedo, como tampoco podemos evitar ninguna otra emoción. Lo que sí podemos hacer es identificar qué se esconde verdaderamente detrás de nuestros “miedos particulares”, y tratar de conquistarlo lo mejor que podamos para evitar que paralice nuestra vida, bloquee nuestros proyectos y atente contra nuestro bienestar.

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Anna Llebaria

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