¿Y SI JUGAMOS?

Llega un momento en la vida en el que sin saber cómo ni por qué, nos encorsetamos en la figura del adulto y dejamos de jugar. Nuestro entorno profesional, social y cultural nos mantiene firmes y no podemos permitirnos soltar demasiado.

Tenemos demasiado miedo a hacer el ridículo y ponemos el foco en el qué pensarán de mí los demás, así que preferimos convertirnos en personas responsables, formales y serias; lo que no debería ser incompatible con seguir jugando.

Se ha demostrado que los beneficios de jugar siendo mayores son múltiples y que es esencial seguir haciéndolo en nuestra etapa adulta.

 

 

La semana pasada te hablé del mejor remedio contra el malestar. Acuérdate de que me refería a la actividad física, y es que cuando uno está activo, genera endorfinas y estas hormonas nos permiten mejorar nuestro estado de ánimo, a la vez que al ver los resultados positivos en nuestro físico y en nuestra salud, aumenta nuestra autoestima así como nuestro bienestar.

Precisamente en el post de la semana pasada también te comentaba que hacer actividad física no es simplemente hacer deporte o acudir al gimnasio. Jugar es también actividad física y he aquí el primer beneficio de jugar en nuestra etapa adulta: activa nuestro cuerpo y genera esas endorfinas para sentirnos mejor por dentro y por fuera.

Además, jugar activa nuestra imaginación y eso nos hace más creativos y nos permite pensar fuera de los límites en los que solemos razonar en nuestro día a día.

 

 

Algo interesante es que, al jugar, nos emocionamos, y estas emociones nos ayudan a generar recuerdos y a consolidar nuestra memoria. Fíjate que aquellas historias que recuerdas mejor tienen alguna connotación emocional…

Jugar nos permite relacionarnos con los demás mejorando nuestra comunicación, ser más cooperativos y solidarios, así como a estimular la competitividad, lo que nos reta a superarnos a nosotros mismos.

 

Te animo a dejes de lado la vergüenza. Son demasiados los beneficios que te reportará seguir jugando, así que ¿para qué dejar de hacerlo por miedo al qué dirán?

En las empresas cada vez se están realizando más talleres destinados al juego, así como creando zonas exclusivas para fomentar el juego entre los empleados.

 

 

Muy bien Anna, ¿y cómo se juega siendo un adulto? Es probable que te hayas formulado esta pregunta. Aquí te dejo algunas recomendaciones para que empieces a jugar:

 

  • Si tienes hijos o sobrinos estás de suerte. Tener niños cerca nos da la excusa perfecta para lanzarnos a jugar sin reparos. Aprovecha que ellos no tienen ninguna barrera cultural ni social. La tarea de un niño es precisamente jugar y están totalmente legitimados para ello. Ponte a su lado y déjate llevar por su imaginación e ideas.

 

  • Cuando te propongo que juegues, también me refiero a que adoptes la actitud característica del juego: apuesta por ser más flexible y divertirte con cualquier actividad que hagas, sin tomarte las cosas demasiado en serio. Te pongo un ejemplo:

                Ø Si decides pasar la tarde del sábado cocinando con tu pareja, hazlo de forma relajada, no te preocupes por si vais a ensuciar la cocina o a desordenar los trastos, y si se os quema la tostada, o el plato no os ha quedado tan rico, simplemente reíros juntos de ello. Pon todo tu empeño para que esos ratos se conviertan en momentos de diversión y risas.

 

  • Usa tu imaginación, “haz más el tonto” y no te cortes. Para a romper la barrera de la vergüenza, te propongo que primero lo practiques a solas; luego puedes hacerlo estando con tu pareja, amigos o familia. Se trata de dejar ir la imaginación y actuar como cuando eras un niño, sin complejos, sin tapujos. Te pongo un ejemplo:

                Ø Yo canto muy mal, pero si suena una canción que me gusta, no me corto y canto en alto simplemente porque me divierte. Igual puedes hacer con bailar: da igual si bailas bien o mal, se trata de no tener vergüenza de mover tu cuerpo al son de la música que más te gusta, sin complejos.

 

  • También puedes jugar con las palabras. Usa la ironía, el humor, la inteligencia y, por qué no, también la sensualidad, para jugar con tu/s interlocutor/es transformando algunas de tus conversaciones en diálogos más interesantes y divertidos. Te pongo un ejemplo:

                Ø Es muy divertido observar a la gente por la calle y crear historias variopintas sobre sus vidas. Si estás con más personas es un juego en equipo en el que la imaginación y la sátira juegan, nunca mejor dicho, un importante papel.

 

 

Espero que estas ideas hayan despertado en ti la curiosidad y las ganas de jugar y divertirte más y, sobretodo, te permitan darte cuenta de que diversión y juego no son incompatibles con madurez ni tampoco con ser más o menos adulto.

Démonos también a los mayores el permiso para seguir jugando y disfrutando como cuando éramos niños. ¿A qué estás esperando? ¿Jugamos? 😉

Anna Llebaria

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